Una estación del recorrido y el fin de la inocencia
… Ahora que no regresas,
el camino del mar
hacia la casa
lleva sólo la huella
de la imagen sin fin
de tus canciones…
Luis Hernández
I
Crecí entre la fantasía y el deseo. Las formas de mi cuerpo se moldearon hasta hacerme mujer. En esos años salí de casa, sin prisa, entre el sigilo del silencio y la tempestad del anonimato. Soy sombra para pasar por el mundo inadvertida.
La juventud es una estación de ardua soledad y de amistades profundas. Sin duda, son años fecundos, creativos y apasionados. Llegó la solidaridad humana enarbolando una bandera por los hombres caídos en las trincheras. Tomó la hoz y el martillo, recorrió los pueblos y fronteras. A pesar de la miseria humana, nada nos dividió: no hay fusil que pueda con las manos enlazadas y el corazón colgado de un hilo empuñando alas de libertad. Fuimos gaviotas, expandimos un manto de esperanza por los cielos. Cayó el muro, y con él los anhelos de un mundo sin cadenas.
Un preludio para los estudiantes, obreros y campesinos que ponen los pies en la tierra para saber de dónde le viene el dolor. Parturienta, la arcilla se manchó de dictadura y sangre. Los espectros no renuncian, son irrevocables. Admiré su latente generosidad e insubordinación. Tienen eco, voz y canto, les escucho en el mesón de la esquina, resucitan al morir la tarde.
Al paso de los años llevo sellado, en algún rincón, los recuerdos de mis amigos del delirio. Allí, con el soplo del viento a prueba del olvido, son testigos solidarios y compañeros de una vida que osciló entre el júbilo y la adversidad de la penumbra. Mientras que los camaradas de infancia quedaron en el olvido, aquellos que me acompañaron en mi juventud son aves de plata y sus rostros lozanos permanecen como destellos indelebles, y hasta cierto punto los extraño todavía.
II Mil días, con sus soles y sus lunas, permanecen intactos en la cerca de la escuela para ver pasar al hombre de mis afectos. Con una plácida sonrisa dibujada tras sus barbas, y un saludo a la distancia, invento caracolas en mi mundo. La sublime candidez se refresca con el temblor de mis manos, el rubor trepado en los pómulos, o la parálisis de los sentidos en el momento que, súbitamente, entre la multitud, le advierten mis pupilas.
El primer amor sin respuesta se entrevera en mi espacio: fueron inútiles tantas luces y sus astros. No olvido el sudor de nuestras manos enlazadas, como tampoco olvido aquel cíclope que unía nuestras bocas.
III
La realidad seca lo que toca y el tiempo todo lo disuelve mientras que la inocencia muere en el cualquier vagón del hotel del deseo anclado a la pasión o al desvarío de la noche. Las mujeres encarnizamos la manzana del pecado original, y la tentación humana y carnal. Fuimos concebidas sin faltas, puras, virginales. Un himen nos enfrenta de cara al fondo de la vida.
Rechazas, afirmas, niegas. El cuerpo cede y los muslos se abren como un río en balanceo al ritmo de las olas. El adiós de la inocencia es el ritual propiciatorio por la urgencia de otra piel. Así, la noche más bella puede estar llena de velada melancolía, con tintes de dolor y caricias de vacío.
Era una muchacha con el corazón de tiza, apaciguada y lenta, cuando apenas tejía el latido de la noche. Sin preguntas y sin respuestas llegó a mí, me apiñó a su cintura y me robó la castidad. En el tálamo quedó la huella imborrable de la sangre, la angustia del último gemido y la duda del amor. Se abrió un espacio insoslayable entre su cuerpo y el mío. Después de la espera, me negó los surcos de sus ojos y bajo mis faldas germinó la flor, encima de ellas murió un poco de mí.
Despojé mis ropas y derramó el río. Sus manos buscaban la hendidura del deseo ahí donde todo se pierde, donde todo se olvida y te disipas en la nada. Abrí el capullo en la noche ajena, destilaron los aromas e incisivo deshojó mis pétalos. Me hizo suya con la marea rota. Las caricias de viento anunciaron la exacta soledad al contacto de nuestros cuerpos.
IV
Reconocerme en el otro me hizo diferente. Subversiva, tomé distancia para afirmarme en el olvido. Llegué a la estación más cercana, y el último tren me arrastró a este viaje circular. No sé a dónde ir, ni cómo llegar. Sin Dios y sin patria emprendo el retorno, el cansancio se apodera de mi eco.
Busco respuestas que no encuentro, un espectro me impide ver la densidad del sol y sus orillas. Las horas giran al escuchar las dolorosas verdades que llegan poco a poco. Condenada a vivir entre los hombres, me desfiguro entre la bruma, y en el espejo de los otros me enfrento con mis sombras.
Después de una larga caminata, y al clarear la tarde, logro llegar a mi destino. El rocío me hace recordar que también soy hija de la madre tierra.
Con un nudo en la garganta
gritaré en la putrefacta soledad
todo aquello que me atormenta.
La casa se desmorona con la ausencia. Deviene la luz en un relámpago, irrumpe los silencios contenidos que se estampan en el lienzo de la noche para reconocer a tiempo la morada.
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